La insignificancia del PSOE

El PSOE, ese partido antaño de Gobierno que ocupó la presidencia del país durante 21 años, se ha convertido en el paradigma perfecto de la insignificancia política. Se suele decir que Pedro Sánchez es la nueva versión de Zapatero, y no va mal encaminado. Es mucho peor. Darle las riendas del partido a Sánchez fue la peor decisión de la historia del Partido Socialista en 136 años de historia, aunque obtuviera dicho cargo gracias a unas primarias.

La transformación del partido en tan solo un año ha sido terroríficamente llamativa. Sánchez se propuso ganar poder a toda costa, aunque para ello tuviera que llevarse al partido por delante y cuanta gente hiciera falta. Esta falta de ética y moral comenzó con aquella clandestina reunión de Pablo Iglesias y su cúpula con ZP, Bono y García Page. La nueva ejecutiva del partido fingió sorpresa y decepción al conocer dicho encuentro en el que se estaba fraguando lo que luego se concretaría en los pactos del 24M.

El PSOE llevaba sin ganar unas elecciones desde 2008 y Pedro Sánchez necesitaba simular poder territorial. Las elecciones municipales y autonómicas fueron ganadas por el PP pero Sánchez consiguió que el mapa de España que saldría en los medios de comunicación estuviera teñido de rojo. Era lo que buscaba. No dudó para ello en unirse a cuanta morralla hiciera falta para tal objetivo. Incluso consiguió arrebatar el poder al PP en lugares en los que los populares se quedaron a un escaño de la mayoría absoluta; como en Badalona, donde un pentapartito le arrebató la alcaldía a Xavi García Albiol, dándole el bastón del consistorio a la formación antisistema CUP. La dinámica se repetiría en toda España. Sus pactos con Podemos, a pesar de haber renegado de ellos durante un año, se convirtieron en norma. Extremadura, Castilla La Mancha, Aragón, Asturias o Valencia donde han formado gobierno con el partido comunista de Mónica Oltra, Compromís, son algunas de las comunidades autónomas que los socialistas han conseguido a base de aberrantes pactos. Y por supuesto los ayuntamientos que le han dado las marcas blancas de Podemos, ayuntamientos donde reina el desgobierno, como el de la capital de España o el de Cádiz, que está en bancarrota.

Da la impresión de que el PSOE se ha retrotraído 80 años atrás para recuperar su carácter frentista, el cual nunca ha abandonado realmente, pero que al menos Felipe González consiguió aletargar. Pedro Sánchez organizó todos los pactos y nombró y destituyó a cuanta gente hizo falta para conseguirlo. Obligó a Antonio Miguel Carmona a darle la alcaldía a Carmena, a pesar de que Esperanza Aguirre se la ofreció al PSOE a cambio de nada. Y todo esto fue fruto de un intercambio de cromos entre Pablo Iglesias y el secretario general de los socialistas en aquella cena de aquel reservado donde se repartieron las instituciones mientras cenaban pescado y tortilla francesa.

Podemos iba moderándose para ver si así conseguía deshacerse de la etiqueta de partido radical y el PSOE se radicalizaba para intentar parecer más de izquierdas. El resultado es dantesco, pues hay ocasiones en que parece que el auténtico Partido Socialista sea Podemos y el PSOE se haya convertido en un quiero y no puedo al intentar llegar al corazón de los radicales para captar votos de la formación morada. Todo esto ha derivado en que el PSOE se ha convertido en un partido insignificante. No hay nada que ofrezcan los socialistas que haga votarles porque han perdido completamente su personalidad entre tanto vaivén, quedando en tierra de nadie y no sabiendo a qué electorado dirigirse. Todo esto sumado a su pasado de nefasta gestión Zapateril hace ver los buitres revoloteando por Ferraz sentenciando su inminente defunción.

Lejos de admitir sus errores, los han negado; lejos de ayudar al Gobierno en algunos aspectos básicos como la unidad de España o algunas reformas más que necesarias sin signo político, han estorbado y puesto la zancadilla sin cesar. Las situaciones ridículas que ha protagonizado el PSOE a lo largo de estos meses no han sido pocas, pues la estrategia que llevaban era la de criticar absolutamente todo lo que hiciera el Gobierno para ver así conseguían un rédito electoral que, efectivamente, no han conseguido.

Antonio Hernando haciendo el ridículo en la fiscalía. Foto: ElPeriódico
Antonio Hernando haciendo el ridículo en la Fiscalía. Foto: ElPeriódico

Antonio Hernando ha sido el que ha protagonizado casi todas las vergonzantes situaciones, como el teatro de la denuncia ante la fiscalía por la reunión del ministro Fernández Díaz con Rodrigo Rato, antes incluso de que el presidente diera explicaciones. Por supuesto fue desestimada y la fiscalía dejó en evidencia a los socialistas. Echar en cara al Gobierno los parados que ellos mismos crearon o criticar al PP por incumplir el déficit de Bruselas en UNA décima cuando ellos lo incumplieron en 3 puntos y dejaron un pufo en las cuentas del tamaño del cráter de Yucatán, también han sido una constante en su ridículo discurso.

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La última encuesta de Metroscopia sitúa ya al PSOE como tercera fuerza política en número de votos (aunque no de escaños) por detrás del PP y Ciudadanos. Recordemos que Metroscopia es dependiente de El País, un diario históricamente socialista. Que un partido con tanta historia sea percibido por los mercados como hostil, a la misma altura que Podemos, es consecuencia de haber vendido su alma y su sello al diablo por unas cuotas de poder. La última ha sido la inclusión de la tránsfuga de UPyD Irene Lozano en las listas paras generales. Un fichaje que ha enfrentado a medio partido pero que Pedro Sánchez se ha pasado elegantemente por el arco del triunfo, demostrando que, efectivamente y como todo el mundo sospechaba, su partido le importa un soberano pepino.

Es obvio que a Sánchez le quedan 50 días como secretario general, pues tras el inminente fracaso que se les avecina, donde probablemente no superen la barrera de los 100 diputados, no le quedará más remedio que agachar la cabeza e irse, admitiendo que ha sido el causante de destrozar con ganas y ahínco un partido que fue puesto en sus manos para una renovación que se ha transformado en una demolición incontrolada.

Isaac Parejo

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