Morir matando

El lunes, lo que se dibujaba en un principio como un debate entre dos presidenciables, el único encuentro serio entre aspirantes a presidir el país, después del bochornoso show a lo “final de Gran Hermano” que organizó Atresmedia, culminó en otro espectáculo dantesco de proporciones “sextarias”. No fue por Mariano Rajoy quien, más allá de simpatías, mantuvo la compostura como alguien que aspira  a dirigir una nación, sino por un líder de la oposición que creyó estar en una taberna aldeana, o peor aún, en una de esas tertulias en las que el gallinero y el eslogan arrancan el aplauso fácil. Pedro Sánchez se sentó en aquella mesa de la Academia de Televisión con la intención exclusiva de reventar el debate. No pasaron ni treinta segundos después de abrir la boca cuando Manuel Campo Vidal tuvo que llamarle la atención al comenzar, sin pudor, a atacar al presidente cuando aún estaban en la ronda de presentaciones.

Como ya comenté en alguna ocasión, Pedro Sánchez es un hombre profundamente acomplejado. Tenía la ardua responsabilidad de reflotar un PSOE hundido por Zapatero. No era fácil. Pero lo que era más difícil aún es que el nuevo secretario general de los socialistas estuviera a punto de llevar a su partido a los peores resultados electorales de su historia, y más grave aún cuando venía ya de cosechar los peores resultados de su historia en 2011. Pedro Sánchez fue anoche a morir matando, pero mucho me temo que solo consiguió morir. En solo 5 minutos ya había sacado a la palestra a Bárcenas y a Rato, a los cuales continuó repitiendo durante los 100 minutos que duró el encuentro. Pero el momento álgido llegó cuando Sánchez perdió completamente los papeles al llegar al insulto personal, calificando a Rajoy de “indecente”. Pedro había conseguido su propósito: emponzoñar el debate y sacar a Rajoy de quicio.  A partir de ese momento, el líder del PSOE continuó con una serie de vergonzosas soflamas y acusaciones infundadas hasta llegar al absurdo punto de echarle en cara al presidente la aprobación del voto rogado que ellos mismos impulsaron, calificándolo de “indecencia”. También hubo tiempo para reprocharle a Rajoy el rescate financiero y la inyección de liquidez a la banca, desconociendo el del PSOE que Zapatero inyectó más de 30 mil millones a los bancos para la compra de activos, de los cuales no se ha recuperado ni un solo euro.

Pero las razones del hundimiento del PSOE son más profundas. Pasarán lustros hasta que consigan despojarse de la sombra de Zapatero, aunque hubría resultado más sencillo si Sánchez no hubiera apelado a la herencia zapateril constantemente y lo peor de todo, de forma positiva, tratando el legado del anterior presidente como la mejor herencia que se podía recibir. Cierto es que hubo grandes avances sociales como el matrimonio igualitario o la ley de dependencia (y no hablemos ya de las dos primeras legislaturas de Felipe González que contribuyeron a modernizar España de una forma sobresaliente), pero cuando se habla de herencia en política hablamos de economía y, en este terreno, la de ZP fue la peor gestión económica de la historia reciente de España. Sánchez usó varios argumentos que en palabras de Pablo Iglesias hubieran destrozado a Rajoy, pero no en boca de alguien del PSOE. Realizó afirmaciones tales como que el PP era el responsable de la desigualdad en España, cuando el índice Gini (el coeficiente que mide la desigualdad en los países) señala que la desigualdad se disparó de forma catastrófica al comienzo de la crisis en pleno gobierno socialista.

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También hubo tiempo para la corrupción, otro tema en el que Iglesias habría dejado temblando al presidente (a pesar del señor Monedeuro). Pero fue Sánchez, el líder de los ERE andaluces, el segundo mayor caso de corrupción de la historia de España, el que se atrevió reprochárselo. -Andalucía para dummies-.

El matiz curioso fue que ninguno de los dos mencionó en ningún momento ni a Podemos ni a Ciudadanos, en un claro pacto entre ambos para evitar que el protagonismo saliera de los dos candidatos y así apuntalar el bipartidismo aunque solo fuera durante la hora y media que duraba el debate (aunque ya estaba la sexta con Rivera e Iglesias en plató para impedirlo), arrebatando así a Rajoy la posibilidad de usar contra el candidato socialista sus pactos con toda la extrema izquierda habida y por haber a lo largo de toda España. Esos pactos que Sánchez pensaba que le saldrían gratis y una de las principales razones por las que tras el 20D será nombrado persona non-grata por el PSOE cuando Susana Díaz atraviese la puerta de Ferraz.

Pedro Sánchez ha destruido el PSOE y lo ha dejado hecho añicos por varias razones: Sus complejos respecto a Pablo Iglesias que le han llevado a pactar hasta con el diablo con tal de echar al PP de las instituciones. Sus pactos de Gobierno con Podemos que le han amarrado de pies y manos después de jurar y perjurar que no lo haría. Su prefabricada y vacía campaña de marketing, como mostrar en un mitin una bandera de España de 7 metros, mientras pactaba ayuntamientos con la formación radical e independentista CUP y hasta con los proetarras de Bildu donde pactaron darle la alcaldía de Vitoria al PNV. Y sobre todo el hecho de ser un perfecto don nadie antes de resultar elegido secretario general de los socialistas, lo que le llevó a tener que destacar rápidamente mediante esta estrategia de consecución de poder a toda costa.

El caso francés

El pasado 6 de diciembre se celebraron elecciones regionales en Francia donde la extrema derecha de Marine Le Pen fue primera fuerza política. El sistema electoral francés permite una segunda vuelta de votaciones, y lo que ocurrió fue lo que habría sucedido en cualquier país con unos líderes políticos de primer nivel: Los socialistas pidieron el voto, en las regiones en las que no habían pasado a la segunda vuelta, para el centroderecha y así evitar la victoria del Frente Nacional. Y lo consiguieron. Le Pen no logró ganar ni una sola región gracias a la alianza de los dos principales partidos democráticos y centrados del país.

En Alemania, más de lo mismo. En las últimas elecciones federales, el SPD, el partido equivalente (supuestamente) al PSOE, podría haber pactado con las formaciones de izquierda y con los comunistas y arrebatarle la presidencia a Merkel, pero no lo hicieron. Los socialdemócratas prefirieron formar una gran coalición con el partido de la actual canciller. Y  no era la primera vez que lo hacían.

En España, Pedro Sánchez, en lugar de aliarse con los partidos moderados, prefirió entregarse a la extrema izquierda con tal de teñir el mapa de rojo y echar al PP para así superar sus propios complejos personales.

 

El PSOE, gracias a su secretario general, está luchando por primera vez en su historia, no por ganar las elecciones, sino por no quedar en cuarta posición, lo que supondría el fin de los socialistas, su refundación o su disolución. Y todo esto gracias a haberle entregado el poder a alguien que ha usado a la formación como terapia personal y como un trampolín para ensalzar al partido del que seguramente terminará formando parte cuando Susana Díaz le expulse de una patada de Ferraz. Porque no nos engañemos, era lo que buscaba la presidenta de la Junta de Andalucía: apoyar a un perfecto incompetente como Pedro Sánchez, para luego llegar a Madrid a salvar los muebles y arreglar los platos rotos, es decir, para ser la salvadora del PSOE. Y es exactamente lo que ocurrirá. El PSOE ha perdido completamente el rumbo. Comenzó a perderlo con su anterior presidente y Sánchez ha acabado de rematarlo para dejar a una formación con 136 años de historia agonizando y desangrándose. Y todo esto, lo ha logrado en un tiempo récord de 18 meses. Sánchez, enhorabuena.

 

Isaac Parejo

 

 

 

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