Papá Estado

¿Dónde crees que tu dinero estaría más seguro? ¿En tu bolsillo o en el de tu vecino? Esta pregunta tan sencilla encierra todo un trasfondo tras de sí. Todos responderíamos que en mi bolsillo, es comprensible.

Hagamos otra pregunta: ¿Dónde prefieres guardar tu dinero? ¿En tu casa o en la de un político? Aquí seguramente todos contestaríamos en nuestra casa. Por supuesto.

Pero hagamos otra más: ¿Quién crees que debería decidir dónde gastar tu dinero? ¿Tú o el gobierno? Aquí ya habría discrepancias.

Otra más: ¿Quién debería encargarse de repartir la riqueza nacional? ¿Nadie o el Estado? En esta pregunta la izquierda respondería lo segundo.



Pues bien, todas estas preguntas son en realidad la misma. El que contesta que es el Estado el que debería encargarse de repartir la riqueza está respondiendo que prefiere que un político administre su dinero y que su salario, el que gana con el sudor de su frente, está más seguro en las manos de su vecino que en las suyas.

Hace cinco años se produjo el archiconocido mundialmente 15M, una macromanifestación a lo largo de varios días concentrada en la puerta del Sol de Madrid que culminó con una aplastante victoria del PP en las elecciones (cosas de la mayoría social).

Pero no nos centremos en los resultados electorales, hablemos de lo que motivó esta popular revuelta, pacífica eso sí, que concentró a toda la izquierda española por mucho que se denominaran un movimiento apolítico.

Aunque por aquella época aún gobernaba el PSOE, la revuelta del 15M se produjo tras salir a la palestra el escándalo de Bankia con Rodrigo Rato a la cabeza. Por mucho que se intentara meter en el saco a todos los políticos estaba clara la aversión del movimiento hacia el PP, pues nos encontrábamos en pleno año electoral, a apenas 10 días de las elecciones municipales y autonómicas y con los populares liderando todas las encuestas.

Pero, simplificándolo, digamos que el motivo de la concentración fue la corrupción. España estaba harta de corruptos, con razón. El nivel de mangoneo en este país había alcanzado cotas vergonzantes por parte de todos los partidos. No nos importaba porque teníamos el bolsillo lleno, era la época de vacas gordas, de bonanza y no nos dimos cuenta hasta que la pasta empezó a escasear.



Pero en el movimiento 15M ocurría algo curioso. Cualquier respuesta a la corrupción exasperante que sufría un país debería ser algo parecido a una revolución liberal, es decir, despojar a los políticos de todo el poder que tienen y del privilegio de manejar nuestro dinero para evitar que metan mano a la caja, pero no. La respuesta a la corrupción fue pedir más intervención estatal, más dinero para los políticos porque, para algunos, que les roben los de su signo les importa un poco menos. O nada, directamente.

Era algo que no entendí muy bien en aquellos momentos. El hecho de que tanta gente pensara que la corrupción se acabaría cambiando de partido político. Como si uno fuera un ladrón por ser de un partido y no porque simplemente es un sinvergüenza. La corrupción es consecuencia directa del nivel de poder que tenga uno, no de la pertenencia a uno u otro partido. Cuanto más dinero manejes, cuanto más poder ostentes más fácil será que metas la zarpa en la caja. Cuanto menos dinero manejes, cuanto menos poder ostentes, menos posibilidades habrá o, al menos, menos dinero podrás robar –leer “Más Estado, menos libertad, más corrupción- . Un planteamiento sencillo, sí, pero para algunos incomprensible.

El estatismo ha regido España desde tiempos inmemoriales, desde la segunda república, pasando por el franquismo, hasta nuestros días. Los españoles no sabemos vivir sin la protección paterna del Estado, culpable a la vez de todos los males que nos ocurren.

La crisis, por supuesto, fue culpa de los políticos. Nada tuvo que ver que en este país mucha gente viviera por encima de sus posibilidades, pidiendo créditos con contratos temporales de 900 euros al mes y ya, de paso, el préstamo para el coche y las vacaciones. Sí, culpa compartida con aquellos que concedían esos créditos e hipotecas disparatadas. En esta crisis que hemos sufrido nadie está libre de culpa. El sistema bancario ha estado repleto de chorizos y gente que vio en la burbuja inmobiliaria la oportunidad de hacerse de oro. Pero también de personas que quisieron llevar un nivel de vida muy encima de lo que su trabajo y salario les reportaba pensando que, tal vez, esa deuda no tendrían que pagarla o que su trabajo temporal se podría estirar como un chicle durante cuarenta años.



Luego llegaron los disgustos y los culpables fueron los políticos. Ni un atisbo de autocrítica. El 100% de la responsabilidad la tuvo la clase politica y los españolitos, pobres de nosotros, no hicimos nada. “Nada” se traduce en un 20% de economía sumergida que supone el 20% del PIB, eso es lo que los españoles defraudamos. Pero como digo, la gente (marca registrada) solo es víctima de los malvados gobernantes.

España es ese país al que no le gusta asumir la culpa de nada mientras se la pueda echar al vecino. Los atentados del 11M no fueron culpa de los terroristas sino de Aznar. Las protestas al día siguiente de ese fatídico jueves negro que sufrió España se desarrollaron en la calle Génova bajo la premisa de que Al Qaeda nos puso cuatro bombas por la intervención de España en la guerra de Irak. Este terrible planteamiento lleva  tras de sí la justificación de que los terroristas tenían legitimidad para matar a 200 españoles debido a que nuestro país desplegó tropas en el país gobernado por el tirano Sadam Husein. Dio igual, millones de personas compraron este planteamiento que provocó la vuelta al poder del Partido Socialista.

La crisis del Ébola, por supuesto, también tuvo sus culpables. No, no fue la enfermedad, que se encontraba en plena epidemia y dio lugar a brotes prácticamente en todo el mundo. No, no fue el comprensible descuido de la enfermera que no supo quitarse el traje de forma correcta. Por supuesto que no.  Los culpables fueron el PP y Ana Mato. Todo esto agravado con la muerte del perro Excálibur, convertido en todo un símbolo que provocó la histeria colectiva alentada por los animalistas del PACMA. Cuando la enfermedad, por desgracia, golpeó también EEUU y una enfermera fue contagiada, nadie culpó a Obama.

Claro está que las críticas al Gobierno por haber traído a España a una persona infectada de Ébola para tratarla en suelo patrio fueron exclusivamente porque el enfermo era misionero y sacerdote. Si hubiera sido un ecologista o un militante de izquierdas, el silencio habría sido abrumador y la responsabilidad habría recaido exclusivamente en la enfermera, la cual, tiempo después, admitió haber mentido a su médico cuando aparecieron los primeros síntomas.

El accidente del Alvia en aquella curva con un límite de velocidad de 80 kilómetros por hora y que el maquinista, distraído, cogió a 200 también tuvo sus culpables: Ana Pastor y el gobierno del PP, a pesar de que aquel tramo fue construido por el exministro socialista Pepe Blanco. Qué más da.

¿El accidente de Spanair de 2008? Ahí sí fue culpa de los pilotos.



Podríamos seguir días exponiendo ejemplos como estos pero creo que así ya nos hacemos una idea del nivel de dependencia de los ciudadanos respecto al Estado. Todavía hay personas que creen que los empleos los crean los gobiernos y culpan a este de su situación de paro cuando el ejecutivo lo que hace es crear las condiciones para la contratación. Todavía hay personas que esperan que gobierne uno u otro partido para ver si así encuentran trabajo. Es el sometimiento más absoluto y la esclavización de cierta parte de la sociedad que no sabe vivir sin el amparo estatal. La total falta de crítica hacia uno mismo sin buscar las causas de sus desgracias teniendo que encontrarlas en el político que gobierna, cuando este no es de su signo, está claro. Pensar que el Estado debe darte una casa y un sueldo aunque no hayas echado un currículum en tu vida. Creer que nada más salir de la universidad los empresarios se pelearán por ti y cuando eso no ocurre, culpar al Gobierno.  Creer que la cultura necesita un ministerio y, que sin él, un país no tiene cultura y será terreno abonado para el analfabetismo.

Y a este carro se han apuntado todos los partidos en mayor o menor medida. La vía del recorte en gasto público ni se contempla, vemos mejor que nos suban los impuestos antes que adelgazar el monstruoso estado que tenemos que no hace más que mantener una administración faraónica con unos cargos duplicados o triplicados y 17 sanidades y educaciones distintas. Ni se plantea reducir o eliminar muchas de las absurdas subvenciones que da el Gobierno a fondo perdido. Somos el único país del mundo que  quiere que gastemos más y que a la vez reduzcamos el déficit y la deuda pública. Bajar la deuda endeudándose.

Porque pobre del que se atreva a tocar el gasto público. Pobre del que tenga el valor de acabar con los chiringuitos políticos. Pobre de él, porque aparte de ser un caladero de votos importante, la calle se llenaría, como siempre, de banderas republicanas y hoces y martillos.

Algún día llegará el momento en que nos demos cuenta de que el gasto es esclavitud, de que la usteridad libera y de que el mejor político es el que menos molesta.



 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR