Cuando triunfa la mediocridad

Hay una especie de virus que ha invadido nuestro país que hace que la ciudadanía refleje un dudoso gusto por lo mediocre, lo zafio o lo absurdo. Es algo de lo que hace tiempo me estoy dando cuenta pero , con el triunfo y el regreso de Pedro Sánchez a la política, queda más patente que nunca.

Pedro ha vuelto. El que todos creíamos cadáver político ha regresado con una misión muy concreta: destruir al Partido Socialista. Ya lo ha conseguido. Su victoria en las primarias es un tiro mortal al PSOE que hará que, en el plazo máximo de un año, el histórico partido desaparezca para que sus votos se diluyan entre los otros tres grandes partidos, PP, Podemos y, el que más papeletas tiene de recoger el voto del inminente difunto: Ciudadanos.

Pero vayamos por partes. Las razones por las que alguien tan nimio como Sánchez ha podido hacerse de nuevo con la secretaría general del PSOE frente al todopoderoso aparato del partido son muchas, pero una prima sobre las demás: el gusto por la mediocridad. Muchos dicen que su victoria se ha producido gracias al bajo nivel de sus contrincantes: la hija política de Griñán y el fracasado de Patxi López, pero no es así. Da igual qué candidato hubiera competido contra él, habría ganado de todas formas e incluso con un porcentaje aún mayor. Y la razón es sencilla: en la militancia del PSOE ya son mayoría los radicales o los dirigentes de la federaciones a los que Sánchez  ha prometido un carguito si llega a la Moncloa, y esto lo sé de buena tinta. El PSOE no ha hecho más que perder afiliados a cascoporro desde que Sánchez asumió el liderazgo del PSOE y durante dos años ha ido moldeando al partido a su gusto, con sus purgas particulares, hasta hacer de la formación un club de fans más que un partido político.



Pedro ha pasado de ser el hijo adoptivo de Susana Díaz a su mayor rival. De ser el apadrinado de Zapatero a enfrentarse a todo el aparato. ¿Ideología? No, oportunismo. Pedro es un pobre señor que no tiene cómo ganarse la vida fuera de la política. De hecho, tras dimitir como diputado, lo primero que hizo fue apuntarse al paro y ahí siguió hasta hoy. No tuvo la más mínima intención de buscar otro empleo pues sabía que lo único a lo que podía aspirar era a volver al PSOE. Es la suerte del ignorante y el mediocre. Pedro es un eterno perdedor, ambicioso, sí, pero perdedor. El mecanismo mental que ha llevado a los militantes del PSOE a pensar que un señor que ha perdido dos elecciones generales consecutivas marcando récord negativo histórico de diputados, puede ser el líder que les lleve a gobernar el país, es aún un misterio. Sus razones tendrán, pero la única es la simple y llana razón de darle una bofetada al aparato del partido, ese aparato que ha llevado (desgraciadamente) siempre al poder al PSOE y que ahora, huérfano de él, solo puede aspirar a gobernar, si es que lo consigue, esclavizado y somodizado por un partido bolivariano. Ahí es nada. Un partido que llegó a tener 202 diputados, que gobernó España 21 años, sometido a las directrices de un profesor interino de universidad que se sacó la carrera entre porros y manifestaciones. Para eso ha quedado el PSOE, eso es lo que han querido sus militantes alentados por un odio que Sánchez se ha encargado de inocular a sus fans y manipulados y presionados por un Pablo Iglesias que no dudó en montar una manifestación el día antes del proceso para alterar el resultado y que, efectivamente, consiguió.

No pasaron ni 24 horas desde la victoria de Pedro para que Podemos comenzara, una vez más, con sus humillaciones hacia los socialistas. Y Pedro encantado porque sobre esto de estar sodomizado por Pablo, sabe un rato. La oferta de retirar la moción de censura que presentaron contra Rajoy a cambio de que el PSOE presente otra no es si no otra ofensiva del líder supremo hacia un partido al que ha conseguido hacer añicos. Pablo está a punto de dejar otro cadáver a su paso tras merendarse a IU. Pero hay algo que sorprende en los muertos de Pablo, y es que están encantados de ser asesinados (políticamente, que algunos tenéis la piel muy fina) por él. Garzón sigue poniendo el trasero a coleta morada a pesar de haber destruido una formación con décadas de historia, y el mismo síndrome de Estocolmo sufre Pedro. Pero lo de Pedro es totalmente a conciencia. Mientras que Garzón fue engañado, lo del nuevo secretario general es algo mucho peor: pura ambición por llegar a la Moncloa, aunque deje en el cementerio a un partido con 138 años de historia.

A Sánchez solo le importa asegurarse su futuro como expresidente. Un ser gregario, carente de ideología y de ideas movido por los hilos de su millonaria esposa y manipulado por un Pablo Iglesias que sabe que puede hacer con él lo que se le antoje.



Pero no nos engañemos, la culpa de todo esto no es solo de los militantes es de alguien más y se llama Susana Díaz. La lideresa que pensaba que tenía el camino hecho hacia el liderazgo. Nada de esto habría ocurrido si la presidenta de la región más pobre de España no hubiera aupado a Sánchez con la intención de frenar al “radical” Eduardo Madina. Y nada de esto hubiera ocurrido si ella misma se hubiera presentado a esas primarias en las que habría ganado de calle.

Pedro Sánchez ha llegado a la Secretaría General para, según sus propias palabras, hacer del PSOE un partido ganador. El mismo que llevó al PSOE a la debacle dos veces quiere hacer del partido algo ganador. También afirma querer hacer del PSOE un partido del siglo XXI, cuando lo primero que hizo tras su victoria es alzar el puño y cantar el trasnochado La Internacional rodeado de trapos republicanos y también prometió coser las heridas del partido bajo gritos de “Gestora ha llegado tu hora” y “bote bote bote Susanista el que no bote”.

En definitiva, el triunfo de Pedro es el triunfo de la mediocridad, es la victoria de lo zafio y lo populista, es la confirmación de que el PSOE sigue los pasos de sus homólogos europeos que han ido directos a la desaparición. El déjà vu que provoca respecto a aquellas primarias del PS francés donde el candidato más radical, Hamon, se hizo con la victoria para posteriormente hundirse en el más profundo de los subsuelos electorales posibles, es imposible obviarlo. Pero no hay mal que por bien no venga. Por fin el PSOE va a pagar todo el daño hecho al país. Y lo más poético de todo es que son ellos mismos los que han provocado su propia extinción.



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